No pude evitar preguntarme ¿será
lo correcto? Pero la presión pudo más que la conciencia.
Cuando le di el primer jalón una
especie de sensación extraña paralizó mi mente, como si por una milésima de
segundo yo no fuera dueño de mí. Definitivamente no lo era. Algo en el universo
era dueño de mi mente en ese instante, quizá un ente, quizá una molécula, quizá
la nada. Lo que hubiera sido, definitivamente no era yo.
Alguien en alguna ocasión me dijo
que lo que se sentía era un intenso poder, como si fueras capaz de hacer lo que
fuera. Y no estaba equivocado. Lo que omitió decirme fueron los detalles
posteriores. De repente el rush sin
aviso y sin cuartel te ataca como golpeándote directo en el corazón con un puño
de adrenalina. La extraordinaria sensación de la sangre corriendo por las venas
es increíble. En verdad que dejas de ser tú. Ya no eres torpe, ya no tienes
miedo, ya no eres inseguro, ya no eres un pendejo. Ahora eres Thor, Dios del
trueno, quien con su rubia melena y bíceps labrados en roca sólida, está frente
al perverso y vengativo Malekith, acompañado de su malévolo ejército en algún
oscuro y lejano planeta. ¿Y qué crees? Con un solo trueno logras desintegrarlos
a todos. Pero antes de ser recibido en Asgard por tu padre Odín para
condecorarte por tremenda hazaña, el rush
te abandona. Casi puedes ver cómo se va, incluso escuchas sus pasos
alejándose hacia la nada.
En ese momento la conciencia, que
por algún motivo había estado ausente, regresa. Y justo en ese momento, al regresar
a ti, te dota de razonamiento, el suficiente para estar consciente de que en
realidad estás drogado. ¿Y qué crees? Aún con la plena conciencia de tu estado,
no puedes hacer nada, pues aunque tu mente ya te pertenece de nuevo, tu cuerpo
sigue sin hacerlo. Y la sensación no es placentera. Al menos no la primera vez.
Por más que intentas controlar tu cuerpo, este permanece en estado inmóvil.
Miras a tu alrededor y no puedes reconocer nada ni a nadie. Agachas la mirada y
lo único que puedes ver es el Polo Norte sobre la mesa, siendo bañado por una
cascada de tu saliva.
De pronto sonó en mi mente una
canción de Ricky Martin llamada María. Pero ¿Por qué esa canción? Pues porque
algún día escuché el rumor de que la letra no hablaba sobre una mujer, sino sobre
una de las adicciones favoritas del boricua. Y la canción decía: “Así es María; blanca como el día, pero es
veneno si te quieres enamorar…” La canción me hizo olvidar por algunos
momentos la situación en la que me encontraba, hasta que el rush me golpeó de nuevo, pero ahora con
menos fuerza y no en el corazón, sino en la cara.
Y de repente desperté, con una
sensación de vacío en el estómago, como si no hubiera comido nada en días. Mis
conductos nasales aún estaban sensibles, mis pupilas aún dilatadas. La mano
temblorosa.
Uno de los presentes al verme,
les dijo a los demás -“Ya regresó este cabrón”. Y yo extrañado pregunté -“¿Pues
a dónde me fui?” -“Al Polo Norte, we”-
me dijo mientras me limpiaba con su mano la nieve que me había quedado en la
cara.

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