Y cuando abrí los ojos, no pude ver nada, únicamente la falta de color a mi alrededor, y en su lugar, la presencia del intenso y abrumador color negro. La oscuridad. Por más que busqué y busqué no pude encontrar ni al luminoso blanco, ni al cálido amarillo, y tampoco al fresco azul.
Fue entonces cuando escuché voces que me llamaban, pero se oían tan lejanas y dispersas que no pude localizar ni el origen y mucho menos comprender lo que intentaban decirme. Solo pude rescatar de entre tanto murmullo, mi nombre, repetido una y otra vez, de manera insistente… “Osvaldo, osvaaaaaaaaaaldo, osvaldoooooooo”.
De repente todo se iluminó. Y mis pupilas totalmente dilatadas por la sorpresiva llegada de la luz, comenzaron a visualizar lenta y progresivamente las imágenes a mi alrededor. Se trataba del desierto. Infinitas dunas de arena me rodeaban, coloreadas de luz y sombra por el intenso sol que desde el cielo, parecía ser la única muestra de vida a kilómetros, además de mí.
Ahora que podía ver el terreno a mi alrededor, me decidí a explorarlo dando un paso al frente, y de inmediato sentí un enorme vértigo (de ese que sientes en el estómago), e instintivitamente cerré los ojos. Dos segundos después abrí nuevamente los ojos solo para darme cuenta de que algo me había arrebatado de la arena. Estaba flotando. Pero no sólo eso, estaba dejando la tierra a una velocidad impresionante. Algo me estaba llevando al cielo, y en pocos segundos ya podía ver la totalidad del desierto bajo mis pies, y después, el definido contorno de la arena encontrándose con el mar. A mi alrededor las nubes, como un gran valle de algodón cuyos contornos se definían a veces y a veces no.
No pasó mucho tiempo antes de que hubiera atravesado ya la termósfera de la Tierra, o sea que me encontraba a más de 300 kilómetros del suelo, y pude saberlo porque a mi alrededor comenzaba a oscurecerse, dejando abajo el cálido color blanqui-azul del cielo y entrando en su lugar el oscuro azul marino del espacio, convirtiéndose en poco tiempo en un tapiz negro lejano, cubierto de incontables puntos luminosos.
A lo lejos podía ver ya la redonda forma de la Tierra, que parecía mirarme nostálgicamente por haberla abandonado sin explicación alguna. Y junto a ella la Luna blanca, sumergida en un soberbio silencio. A kilómetros a mi derecha un enorme círculo incandescente que parecía estar vivo, ya que a diferencia de la Tierra y la Luna, parecía estar moviendo cada centímetro de su cuerpo. Estaba impresionado, era un espectáculo que no se puede transmitir con simples y corrientes palabras, había que vivirlo.
Cuando volví en mí comencé a sentir un inmenso frío y con él, miedo. Miedo a no saber qué seguiría ahora en este bizarro viaje. Un incómodo sentimiento de aprehensión empezó a molestarme, pues pensé que tal vez alguien estaba haciendo esto, y me daba miedo pensar en quién o qué era ese responsable. Me sentí observado. Pero eso terminó pronto, ya que una inesperada sensación de nauseas hizo que lo olvidara.
Mi estómago se comprimía, mientras yo, suspendido en mitad de la nada, comencé a marearme y a sentir unas tremendas ganas de vomitar. Y cuando se hicieron incontenibles, de mi boca salió un destello luminoso; se trataba de un arcoíris, pero no venía solo. Tras él, una serpiente de varios metros de largo salió de mi boca, y tras de ella, agua. Mi boca parecía una cascada, en la cual ya se podían visualizar pequeños seres marinos, entre peces, medusas y uno que otro crustáceo. Al término del agua, le siguió una nueva cascada, pero ahora de arena. Podía sentir como raspaba mi paladar mientras salía. La sensación en mi cuerpo mientras esto sucedía, lejos de molesta, era como de alivio. Veía cómo todo lo que salía de mí, se perdía en la inmensidad del infinito espacio.
Pero estaba por terminarse aquella cascada. Comenzaron a salir órganos; un corazón, seguido de pulmones, unos larguísimos intestinos, un cerebro; todos ellos entre un baño de coágulos y restos de vísceras y huesos. Y al final una cascada roja. Mi miedo regresó al ver que estaba perdiendo mis entrañas sin poderlo evitar ya que no podía cerrar la boca, mi quijada estaba trabada, pero además mi cuerpo empezó a perder su color; me estaba poniendo transparente. Y así, cuando la última gota de sangre salió de mi boca, apenas y me podía ver en esa oscura inmensidad. Levanté mis manos y podía ver a través de ellas a las estrellas. Mi cuerpo se sentía totalmente vacío; podía atravesarlo con mis manos o viceversa.
Y luego, la caída. Empecé a acercarme a la Tierra nuevamente a una velocidad impresionante. Dejé el frío espacio en cuestión de minutos. Poco a poco fui atravesando de regreso las capas de la atmósfera, pudiendo casi definir cada una de ellas, pues el color a mi alrededor cambiaba progresivamente; de negro a azul marino, luego rojo, rosa, naranja, amarillo, blanco y azul. Estaba cayendo y no podía evitarlo, y lo peor es que me dirigía a tierra firme. Poco a poco la imagen de un continente se fue agrandando para mí, hasta que en medio de él pude definir a México, y en un punto de su inmenso territorio, una ciudad se estaba comenzando a formar; era sin duda la Ciudad de México. A los pocos segundos el mapa ya me era familiar. Se trataba de mi poblado, luego mi colonia, y mi casa. Sí, estaba justo sobre mi casa, viendo a escasos metros el impermeabilizado techo rojo que la cubre. Estaba dirigiéndome hacia ella. El impacto era inminente. Yo, totalmente convertido en vértigo puro, mi mente en blanco.
Y justo cuando me encontraba a escasos 5 metros de la losa, cerré los ojos…
……..
Cuando los abrí de nuevo, estaba en mi cuarto, recostado en mi cama. El sol se filtraba por la ventana y el reloj en mi pared marcaba las 2 pm. Todo era aparente tranquilidad. Cuando me incorporé sentí de inmediato como si mi cerebro se hubiera soltado dentro de mi cabeza, cual yema dentro del cascarón, acompañado de un intenso dolor. Mi boca totalmente seca. En el espejo un Osvaldo, algo descolorido, pero ya no transparente. Entonces descubrí con un alivio infantil que todo había sido un sueño. La resaca que sentía, era simplemente resultado de aquella noche de copas a la que asistí el día anterior, la que por cierto, recordé con una sonrisa.
Y aunque no podía recordar los detalles de aquella noche de parranda, me dije a mí mismo, “¡Qué buena peda la de anoche!”.
Al salir de mi departamento para ir a buscar el “bajón” para la cruda, me encontré a mi casera lavando las escaleras del edificio…
“Buenos días, Doña Carmen, ¿cómo amaneció usted?”- le pregunté.
Entonces, con una mirada de puñal se dirigió hacia mí- “¡Ya ni la chingas, cabrón!”
“¿Pero qué pasó?”- pregunté extrañado.
-“¡Que ayer te fuiste de borrachote!, ¿qué no piensas en tú salud o qué?”
“Pues sí, pero estuvo relax, además siempre llego a mi camita, sea como sea, eso es lo importante, ¿no?”- le respondí.
“¿Seguro que llegaste a tu camita?”-me preguntó con notable sarcasmo mientras a mi se me descomponía cada vez más el semblante por la extrañeza. Entonces continuó… “Hoy, a las 7 de la mañana cuando abrí la puerta del edificio para salir a tirar mi basura, la puerta se vino sobre mí, pues detrás estabas tú, recargado en ella, totalmente tieso con la llave en la mano. Caíste en mis pies, estabas todo frío. Te hablaba y te hablaba pero no respondías. Me asusté e intenté levantarte, pero no pude, y en eso pasó el vecino del 7 y me dijo: yo le ayudo señora. Cuando te cargó te echó en su hombro y que le vomitas todo su traje, ya se iba a trabajar. Te subió hasta tu departamento, y mientras, tú fuiste vomitando todas las escaleras. Ya arriba te echó en tu cama y el pobre se tuvo que ir a cambiar de ropa para su trabajo… interesante historia, no? O qué, enserio no te acuerdas?”.