Algo apesta en
México. Algo que irrita la nariz al salir a la calle, que provoca nauseas y
malestar estomacal. Huele como a carne podrida, como si una rata que lleva muerta
varios días se hubiera pulverizado y estuviera viajando diariamente en el aire
que respiramos día a día los mexicanos. Y no solo huele, también se ve; en el
rostro de las personas que caminan por las calles se nota una incomodidad
lógica por tener que vivir con este hedor. En los indigentes y niños que viven
en situación de calle se nota un semblante de decepción, de asco y de
resignación, porque se ve muy difícil que el hedor se vaya. Y es que lleva mucho
tiempo aquí, con nosotros.
Y la pregunta
obligada es ¿de dónde carajo viene ese maldito hedor? ¿Por qué, aunque la
lluvia lave las calles, no se va? Muchos han intentado erradicar esa peste en
el pasado, pero vuelve, y con más intensidad cada vez. Y cuando aquellos que
intentaron eliminarla se dieron cuenta de que volvería, decayeron, perdieron la
esperanza y se volvieron indiferentes. Aprendieron a coexistir con lo pútrido.
El problema hoy es
que no solo se trata de un simple hedor. Con el paso de los años ha ido
mutando, evolucionando hasta convertirse en algo más peligroso, en algo que ya
no será tan fácil de eliminar. Esa repugnante nube de putrefacción ha penetrado
no solo en las calles, sino en los hogares de los mexicanos, hasta llegar a
formar parte de uno mismo. Se está alimentando de nosotros, de nuestro
espíritu, de nuestro trabajo, de nuestra fe, de nuestros sueños, de nuestras
necesidades, de nuestra esperanza, de nuestros hijos y del resto de nuestra
familia. Hoy ya no son suficientes un estropajo y un poco de jabón; hoy se
requiere de algo más potente, de algo más radical, de algo más agresivo para su
eliminación. El problema es que eso que se requiere está muy escaso en México,
o al menos eso parece.
Y precisamente hoy
que celebramos a nuestro México, habría que preguntarse primero si es posible
festejar algo con ese apestoso olor allá afuera, porque cada vez que grites “¡Viva
México!” el hedor se meterá por tu boca hasta llegar a tu corazón y se
alimentará de él. ¿Y sabes por qué? Porque también se alimenta de tu “amor” por
México y de tu “patriotismo”. Y después de comer, se ríe de ti, de tu
ingenuidad o de tu indiferencia. Se ríe porque sabe que tienes tanta hambre que
te puede dar un plato de mierda y tú se lo agradecerás. Y se ríe porque sabe
que tienes una memoria tan corta que mañana no recordarás nada de lo sucedido y
volverás a tu rutina.
Escribo esto porque
estoy inconforme. Porque tengo asco y me enferma. Porque por más que lo
intento, no puedo disimular que no lo huelo. Porque amo a México y me gusta
vivir aquí, y creo que puedo hacer algo para cambiarlo. Todos pueden, la
cuestión es que quieran. Algunos solo se burlarán y dirán que es imposible,
pero eso solo es muestra de que la putrefacción ya los alcanzó. Lo importante es
saber de dónde proviene ese hediondo aroma a mierda, porque una vez que
identifiques la fuente, entenderás qué es lo que tienes que hacer para
suprimirla; ya sea traer el jabón, el agua o los huevos.
Celebremos a México,
no su “independencia”.

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